
¿Cuánto tiempo podemos guardar la basura de nuestra pieza bajo la alfombra? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿20 años? Sabemos que algún día va a colapsar toda esa podredumbre bajo nuestros pies, pero como no se ve, todo está bien, aparentar es siempre más acogedor que aceptar la realidad. Nuestro país no es tan distinto, durante 20 años nos sentimos orgullosos de ser “jaguares”, de ser los “ingleses de Sudamérica”, nuestra economía iba al alza, y esos bellos números de crecimiento en la bolsa, junto a las solemnes visitas de las más altas personalidades a nivel mundial, que llegaban alagándonos y sorprendiéndose de la rápida recuperación nacional, hacían que cada vez se nos inflara más el pecho…llegamos a tanto, que comenzamos a denostar a peruanos y bolivianos, cuando hace unas décadas le temíamos al ejército de Fujimori, llegó a tanto nuestra petulancia, que hasta a los argentinos abucheamos, esos mismos a quienes todos los veranos envidiábamos por ser rubios, y nosotros con pinta de indio negro, con el pelo quemado y la guata al aire; ahora no, el “chileno” era ese empresario de terno, de preferencia a rayas, sin ni una pelusa, con gafas al aire o semi al aire, con el último celular y con el auto del último año, que jodía a su esposa con su secretaria, pero que estaba bien, porque admiramos a los poderosos, y no hay hombre más poderoso en la tierra que el que tiene el poder de tener sexo con quien se le da la gana…sociedad decadente, claro, pero con cada vez más cosas, mejores zapatillas, mejores computadores, nuevas tecnologías, sin embargo esa basura bajo la alfombra no iba a durar para siempre¿ y qué pasó? La naturaleza se encargó de abofetearnos la mejilla derecha y quedamos perplejos, después de que medio país se nos quedó en el suelo tras el terremoto, pero lo peor estaba por venir, y esa sociedad que callamos por 20 años, porque su grito no convenía a la imagen país, nos terminó por abofetear la otra mejilla, la izquierda, y para ese entonces…nosotros perdimos todo norte, y ya no sabemos si quiera quiénes somos.
¿Reconocemos a ese Chile, convertida de pronto en una pequeña Norteamérica, cuando el 4 de agosto de este año vimos las calles sitiadas de carabineros, encapuchados, otros no tan encapuchados, mujeres con cacerolas, una encuesta que le daba 27% de aprobación al presidente, y todos nosotros en nuestras casas con la angustia de que estábamos repitiendo la violencia del 73’? ¡Cuántos ridículos escribían en twitter! ¡los milicos a la calle! Y otros tantos decían que esta era el fin de un gobierno fascista…el país de porcelana de pronto pareció deshacerse en nuestra manos, y de repente todos olíamos a lacrimógena y sangre, sangre de carabineros pateados en la cabeza, sangre de encapuchados que eran golpeados sin razón una vez que eran detenidos en la micros de los pacos, sangre de Manuel Gutiérrez, sangre que Hinzpeter jamás podrá limpiarse de la manos...¿quién es el culpable de haber reventado la nube “del sueño americano (perdón, chileno)”? Pero esa pregunta es justamente el primer error del análisis, partir por preguntar de quién es la culpa, suele siempre ir de la mano con decir que uno mismo jamás la tuvo…a todo esto ¿alguien recuerda el accidente de los mineros? Toda la fiesta, el papelito de estamos bien los no sé cuántos –que de hecho ahora se dice que es falso-, el regalito de un “pedazo de roca” a la reina en Inglaterra, ¡NOS RECOCIJABAMOS CON TAL EVENTO! Y decíamos de nuevo orgullosos, como olvidando a todos los golpeados por el terremoto, “así somos los chilenos, fuertes”, “ese es aguante nacional”, “ni a 700 metros de profundidad nos pueden dar muerte”, pero alguien pensó si quiera ¿Que eso era la nefasta consecuencia de un empresariado inescrupuloso e irresponsable? Codicioso desde la punta de la uña de su pie, hasta su último cabello.
Culpables somos todos, todos de jamás haber denunciado la injusticia, de preferir recibir un Iphone a gritar que había gente en este país mendigando en las calles un poco de pan, que era más fácil ganar harta plata sin educación y en la más decadente ignorancia, que pedir cultura y altura de miras para los desafíos reales…y ahí estaban nuestros políticos, bailando al son de ese nuevo éxito llamado neoliberalismo, y ahí estaban los curas, algunos violando cabro chicos, y ahí estábamos nosotros, en nuestra más vergonzosa escena, twitteando que nos compramos el último celular disponible, que tenía hasta una cafetera adentro, o posteando en facebook las fotos de nuestro último viaje a Europa.
Cuando las crisis vienen, mostramos quienes somos realmente, y cuando el espíritu chileno debía salir a la luz en una situación tan caótica como la de este año, nos dimos cuenta que ese espíritu no olía a otra cosa más que a plástico de tarjetas bancarias, y a papel de billete…a celulosa en el sur y a azufre en el norte, a smog en nuestra querida capital, capital mundial también del estrés y las enfermedades asociadas a la sobre exigencia laboral; ahí fue cuando la basura que escondimos por tantos años bajo la apariencia de plenitud que nos daba el crecimiento, no eran finalmente basura, ni era algo que podíamos esconder, eran hombres y mujeres de carne y hueso, que sienten, que sufren, que se endeudan, que se angustian y que aman, eso de repente nos estalló en la cara, y tenemos calles sobrepobladas de marchas, de indignación, de injusticias, ahora ya no podemos mirar para otro lado, porque ellos ya ocuparon todos los espacios a los cuales podíamos mirar, los vemos tirando piedras en las calles, los vemos arriba de las mesas en el Congreso, los vemos en los colegios y las universidades tomadas; nuestro último intento fue decir que eran criminales, para curar nuestra consciencia y convencernos de que la culpa no es nuestra, sino de su mente maligna y su irracionalidad. Sueño americano, sueño chileno…pero no se puede dormir toda la vida, ya era hora de despertar.
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